CONSEJO DE GUERRA CONTRA JULIÁN BESTEIRO.
D. Julián Besteiro en la cárcel de Carmona
CONSEJO DE GUERRA CONTRA JULIÁN BESTEIRO
Santos Juliá
Consejo de Guerra contra Julián Besteiro
La misma presencia de Julián Besteiro ante un juez instructor militar plantea un primer interrogante: ¿cómo fue posible? En efecto, no es nada obvio que una personalidad tan destacada en la vida política española desde mediados los años diez, condenado en consejo de guerra por su participación en la huelga revolucionaria de 1917, presidente que había sido del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores, elegido diputado por Madrid en todas las elecciones legislativas celebradas desde 1918, presidente de las Cortes constituyentes de la República, permaneciera en Madrid hasta el mismo momento de la entrada de las tropas de Franco.Los principales dirigentes políticos y sindicales llevaban lejos de la capital mucho tiempo, desde el traslado del gobierno de la República a Valencia en noviembre de 1936. Los que se quedaron o volvieron en las últimas semanas de la guerra, y los que con él habían sido miembros del Consejo Nacional de Defensa, presidido por el coronel Segismundo Casado, habían asegurado una vía de escape para que no les sorprendiera dentro de la ciudad la llegada de los vencedores. Besteiro, ni se alejó de Madrid cuando pudo haberlo hecho con toda tranquilidad, ni huyó de Madrid en los últimos momentos, cuando todavía quedaban posibilidades de emprender la huída. Se quedó en Madrid, sin moverse del Ministerio de Hacienda donde sus últimos visitantes, que le instaban a abandonar la capital, lo vieron pálido, con los pómulos hundidos, muy cansado, enfermo, echado sobre un camastro, pero con la mente lúcida y la expresión enérgica. [...]
Besteiro permaneció en Madrid porque tal fue su voluntad; porque quiso. Motivos no le faltaban, o así al menos lo pensaba, para quedarse. De los que él mismo tuvo ocasión de exponer, el primero fue asistir en los momentos difíciles de la guerra al pueblo madrileño que tan constantemente le había asistido a él con su confianza. Esgrimida muy pronto, para rechazar la oferta de hacerse cargo de la embajada en Buenos Aires, esta razón no dejará nunca de estar presente hasta su reaparición en el mismo Consejo de Guerra, cuando evocó los deberes especiales a que le obligaba la "representación excepcional" otorgada por sus electores desde 1918. Besteiro, que siempre tuvo un elevado concepto de su propia altura moral3, no podía incumplir esos deberes a los que le ataba la confianza en él depositada por sus electores: si la mayoría del pueblo madrileño debía quedarse en la capital, él no sería una excepción. Pero hay, además de éste, otro motivo que empujó a Besteiro a quedarse en Madrid. A pesar de la implacable maquinaria represora que el Ejército de Ocupación ponía en marcha inmediatamente que tomaba una ciudad, a pesar de los consejos de guerra que habían enviado ante el pelotón de ejecución a tantos miles de republicanos, socialistas, comunistas, nacionalistas, anarquistas, masones, liberales, Besteiro abrigaba la esperanza de que seguramente a él no le pasaría nada y la expectativa de que quizá su presencia podría ser útil en el futuro para la reconstrucción de la Unión General de Trabajadores. El testimonio más explícito y más sorprendente de esta actitud se encuentra en la conversación mantenida hacia mediados de marzo de 1939 con el gobernador civil de Murcia, el socialista Eustaquio Cañas, que lo encontró en el sótano del Ministerio de Hacienda, tendido en una cama de hospital. Profundamente impresionado por "su tez lívida, sus facciones demacradas, su delgadez extrema que le daban un aspecto cadavérico", Cañas le preguntó qué podía decirle de la situación política. "Mire usted, Cañas -le respondió Besteiro- los hombres que tenemos una responsabilidad sobre todo con la organización sindical, no podemos abandonar ésta. Tengo la seguridad de que casi nada va a ocurrir. Esperemos los acontecimientos, y quizá podamos reconstituir una UGT de carácter más moderado; algo así como las Trade Unions inglesas. Conque quédese usted en su puesto de gobernador, que todo se arreglará, yo se lo aseguro"
Palabras de Julián Besteiro ante el Tribunal que le sometió a Consejo sumarísimo.
La verdad real: Estamos derrotados por nuestras culpas (claro que hacer mías estas culpas es pura retórica). Estamos derrotados nacionalmente por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido, quizá, los siglos. La política internacional rusa, en manos de Stalin, y tal vez como reacción contra su estado de fracaso interior, se ha convertido en un crimen monstruoso que supera en mucho a las macabras concepciones de Dostoievski y de Tolstoi (Los hermanos Karamazov y El poder de las tinieblas). La reacción a este error de la República de dejarse arrastrar a la línea bolchevique la representaban genuinamente, sean cuales sean sus defectos, los nacionalistas, que se han batido en la gran cruzada anti-Komintern.
Pero la grande o pequeña cantidad de personas qué hemos sufrido las consecuencias del contagio bolchevique de la República, no solamente tenemos un derecho, que no es cosa de reclamar, sino que poseemos un caudal de experiencia triste y trágica, si se quiere, pero que por eso es muy valiosa. Y esta experiencia no se puede desperdiciar, sin grave daño para la construcción de la España del porvenir. Esta experiencia, la reacción de liberación, es lo que representa el 5 de marzo de 1939. El Consejo Nacional de Defensa representa la única legalidad subsistente en el derrumbamiento de la España republicana.
(La dimisión del presidente ha hecho manifiesto e indudable ese derrumbamiento, que ya existía antes.) Además, ese Consejo Nacional de Defensa, vino a tiempo. Antes hubiera chocado con ese Himalaya de falsedades (que la Prensa bolchevizada ha depositado en las almas ingenuas) y se hubiese estrellado. Pero no ha sido contra una montaña ingente y dura, sino contra un montón de arena, acumulado por un huracán del desierto. El percance, en estas condiciones, no ha tenido proporciones graves y ha podido ser superado. Si el acto del 5 de marzo no se hubiese realizado, el dominio completo de la España republicana por la política del Komintern hubiera sido un hecho y los habitantes de esta zona hubieran tenido que sufrir probablemente durante algunos meses más no sólo la criminal prolongación de la guerra, sino el más espantoso terrorismo bolchevique, único medio de mantener tan enorme ficción, contraria evidentemente al deseo de los ciudadanos.
El drama del ciudadano de la República es éste: no quiere el fascismo y no lo quiere no por lo que tiene de reacción contra el bolchevismo, sino por el ambiente pasional y sectario que acompaña a esa justificada reacción (teorías raciales, mito del héroe, exaltación de un patriotismo morboso y de un espíritu de conquista, resurrección de las formas históricas, que carecen de sentido en el orden social, antiliberalismo y antiintelectualismo, etc.). No es, pues, fascista el ciudadano de la República con su rica experiencia trágica. Pero tampoco es en modo alguno bolchevique. Quizás es más antibolchevique que antifascista, porque el bolchevismo lo ha sufrido en sus entrañas y el fascismo no.
¿Con este interesante estado de ánimo y esta rica experiencia, puede contribuir a la edificación de la España de mañana
He aquí el gran problema. Porque pensar en que media España pueda destruir a la otra media sería una nueva locura, ya que acabaría con toda posibilidad de afirmación de nuestra personalidad nacional, peligro que hemos corrido y del cual hemos escapado.
Para construir la personalidad española de mañana, la España nacional vencedora habrá de contar con la experiencia de los que han sufrido los errores de la República bolchevique o se expone a perderse por caminos extraviados que no conducen más que al fracaso.
La masa republicana útil no puede pedir sin indignificarse una participación en el botín. Pero sí puede y debe pedir un puesto en el frente de trabajo constructivo.

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