ISIDORO DE ANTILLÓN Y LA ABOLICIÓN DE LA ESCLAVITUD.
Christine Benavides Université des Antilles et de la Guyane - CERC
http://www.cervantesvirtual.com/obra/isidoro-de-antillon-y-la-abolicion-de-la-esclavitud-775722/
En España, el 2 de abril de 1802, Isidoro de Antillón y Marzo expuso en la Real Academia Matritense de derecho español y público, su «Disertación sobre el origen de la esclavitud de los Negros, motivos que la han perpetuado, ventajas que se le atribuyen y medios que podrían adoptarse para hacer prosperar sin ella nuestras colonias».
Esta «Disertación...» salió a luz por primera vez el 10 de julio de 1811, en Mallorca. Consta de 144 páginas entre las cuales cuarenta están dedicadas a notas. Podemos subrayar las numerosas referencias no sólo a obras de viajeros18, sino a filósofos franceses, en particular a Rousseau, Condorcet, Montesquieu.
En la advertencia en la edición de 1811, Isidoro de Antillón expresó:
«Nueve años hace que el día dos de abril* tuve el honor de abogar por la libertad de los negros y por los derechos imprescriptibles del hombre, rodeado de mis dulces amigos y amados compañeros de la academia de Santa Bárbara de Madrid. En una corte donde reinaba el más absoluto y más incensado despotismo, en donde se premiaba el espionaje y la delación como las acciones heroicas se premian en una república, en donde casi todas las corporaciones de más autoridad, todos los agentes del gobierno tenían declarada guerra a la razón y proscrito al filósofo que osase invocarla, hubo ¿quién lo creyera ? un congreso de jóvenes honrados, que arrostrando las cárceles, los destierros y toda la indignación del favorito y de los ministros, discutían libremente cuestiones muy delicadas de moral y de política, raciocinaban sobre la libertad del ciudadano y sobre la constitución de las sociedades».
Sin embargo, hay que señalar que la fecha de esa edición no fue casual. Pues, dos elementos motivaron al autor a publicar, primero la libertad de Imprenta proclamada por las Cortes de Cádiz, el 10 de noviembre de 1810, en consideración a «la soberanía nacional y al principio de igualdad democrática, política y social»; y segundo, la sesión de las Cortes del 2 de abril de 1811.
«No creía yo [precisó Isidoro de Antillón] ni esperaba cuando en el año de 1802 leí en la academia de Santa Bárbara mi discurso sobre la esclavitud de los negros, que podría pasar en algún tiempo de un desahogo entre amigos conformes en principios y sentimientos, y menos que podría comunicarse al público por el conducto indestructible de la imprenta. Pero tampoco pensé nunca, ni aun en los delirios de la esperanza más lisongera, que en España nueve años después llegaría a reconocerse y proclamarse la soberanía del pueblo, origen fecundo de todos los derechos del hombre en sociedad, ni que el augusto Congreso de sus representantes daría al mundo el magnífico espectáculo de una sesión solemne, dedicada a romper los grillos de la esclavitud bárbara con que hemos afligido por espacio de tres siglos a los míseros habitantes de las márgenes del Níger y del Senegal».
«La sesión de las Cortes del dos de Abril de 1811 me ha movido [prosiguió el autor] pues a publicar, ya que la imprenta es libre por la ley, el discurso que acerca del mismo objeto dije en dos de Abril de 1802. Su contenido no es menos interesante a la religión que a la humanidad; mi intención no pudo ser más pura cuando le escribí, ni mis fines más rectos al imprimirle, con la adición de algunas notas. Lo demás queda a la censura de la opinión pública, juez supremo e irrecusable, cuya voz triunfa tarde o temprano de los clamores de la ignorancia y de las calumnias enmascaradas del interés».
En efecto, el diputado José Miguel Guridi Alcocer, representante del virreinato de Nueva España, había presentado una propuesta de abolición inmediata de la trata y gradual de la esclavitud, el 26 de marzo de 1811, la que se integró, este referido 2 de abril, a la propuesta de abolición de la trata de esclavos presentada por el «divino» Agustín Argüelles, el 1 de abril de ese mismo año, para lograr la abolición paulatina que salvase los intereses de los propietarios y lograse en término relativamente breve la desaparición de la esclavitud.
El diputado de Oviedo, Agustín Argüelles, se expresó de la siguiente manera:
«Que sin detenerse Vuestra Majestad en las reclamaciones de los que puedan estar interesados en que se continúe en América la introducción de esclavos de África, decrete el Congreso abolido para siempre tan infame tráfico y que desde el día en que se publique el decreto no puedan comprarse ni introducirse en ninguna de las posesiones que componen la Monarquía en ambos hemisferios bajo de ningún pretexto esclavos de África aun cuando se adquieran directamente de alguna potencia de Europa o América».
A partir de esta fecha, podemos considerar que nace un movimiento abolicionista español cuyo precursor fue el propio Antillón.
Las convicciones y el ideario de Isidoro de Antillón y Marzo se evidencian claramente en estas citas:
«La libertad individual, el derecho de gozar de su trabajo, de disponer de su persona, de escoger el género de ocupación más conveniente, el derecho de existir políticamente, este derecho, origen y fuente de todos los demás, sin el cual el hombre no es nada, pues ni aun tiene seguridad de su existencia física, este derecho tan íntimamente unido con los primeros elementos de nuestra felicidad, con los sentimientos más universales de nuestro amor propio, poderoso móvil de las acciones; este derecho sacrosanto, inseparable por esencia de la naturaleza del hombre, ha sido (¿ quién lo diría ?) el más desconocido, el más sacrílegamente burlado en todos los gobiernos, en todos los siglos. Sus escandalosas infracciones han sido continuas. Ábranse las crónicas de las grandes naciones, regístrense, aun superficialmente, sus leyes y hechos; a cada paso, en cada línea se ve escrito el nombre injusto de esclavo, acompañándole una larga lista de los monstruos y autorizados derechos de un señor».
Y de añadir:
«Pero ¿quién lo creyera? Mientras Europa se declaraba por la libertad, mientras se proscribía la esclavitud, mientras la naturaleza reclamaba por todas partes sus derechos, las leyes fomentaban, la política promovía, y los intereses sórdidos del comercio defendían con descaro otro género de esclavitud, la más injusta, odiosa e inexcusable, que hace la desesperación de los unos y es la vergüenza de los otros, que lleva los europeos a hollar por precio vil en las orillas bárbaras del Senegal los derechos imprescriptibles de la humanidad y de la razón; el comercio y la esclavitud de los negros*».«No empezaré mi discurso amontonando razones en favor de la libertad, y demostrando con argumentos incontrastables toda la absurdidad, toda la injusticia de la esclavitud. Montesquieu no pudo resolverse a tratar con seriedad esta cuestión. Si él creyó, y con razón, que se degradaba y hacía poco honor a los hombres, empeñándose en combatir tan sacrílega institución, más justamente podré yo persuadírmelo cuando hablo a un congreso de ciudadanos ilustrados acerca de la más horrorosa, la más vil de todas las esclavitudes. Si alguno se atreviese todavía, en medio del grito de la naturaleza y de las luces del siglo, a defender este infame sistema, no merecería más contestación, dice un escritor sensible, que el desprecio del filósofo y el puñal del negro. Así, paso a indagar el origen de esta esclavitud, que despuebla el África, riega con sangre de millares de infelices la América, y cubre de ignominia a la Europa».
El erudito autor se dedicó entonces a describir en su obra los orígenes de la esclavitud desde la Antigüedad, el infame tráfico tan necesario al desarrollo europeo, así como las duras condiciones de vida de los esclavos, los inhumanos tratamientos infligidos por los dueños.
«Se computa que llegan a 80 000 las infelices víctimas que salen anualmente del África para las colonias de América. Puede calcularse que cada esclavo, tomando un precio medio entre el superior y el inferior, cuesta 2 000 reales; así, 160 millones de reales es la suma de lo que reciben anualmente aquellas bárbaras regiones por un sacrificio tan horrible. El valor no se paga en metálico, sino en manufacturas de Europa y otros géneros de mero capricho. ¡Tan barata y fríamente se comercia con la sangre humana!».
Hasta entonces, los argumentos de los esclavistas se fundaban principal mente en las exigencias de rentabilidad económica, en la justificación histórica de la existencia de la esclavitud desde la Antigüedad y en los libros sagrados, para imponer su convicción, o el postulado de la inferioridad de las razas, a partir de una definición y clasificaciones de las razas (por ejemplo, San Pedro, «Carta a los Corintios» del Nuevo Testamento).
Para lograr la desaparición de la esclavitud, Isidoro de Antillón preconizó primero, el mejoramiento de las condiciones de vida, tanto de los hombres como de las mujeres, para evitar una mortandad dramática entre los esclavos y favorecer el provecho que pudieran sacar los propios dueños.
«Tantas y tan duras calamidades como agravan las cadenas, ya de sí insoportables, de la esclavitud, el azote siempre levantado del tirano que les hace trabajar, la imposibilidad casi absoluta de reproducirse en los negros, a quienes sus grandes privaciones y lastimosa condición alejan de los placeres más consoladores e irresistibles de la naturaleza, son las verdaderas causas de la increíble mortandad de éstos en las islas. Según algunos calculan, muere cada año una séptima parte de esclavos; según otros, de los que llegan anualmente muere la mitad a los tres años, y a lo más una cuarta parte deja posteridad»36. «Si los dueños consultasen su verdadero y sólido interés, si llegasen a comprender cuánto les importa conservar sus esclavos y minorar todo lo posible las extracciones de la mina ya menos copiosa del África; aun cuando careciesen de sentimientos de piedad, procurarían hacer más dulce el yugo de la esclavitud (...) lograrían hacerles desear la vida, cuando ahora en fuerza de sus dolores y desesperación prefieren y se procuran la muerte. (...) Un colono calculador, que quisiera fomentar la multiplicación de sus esclavos, procuraría tratar a las negras con la mayor dulzura durante su preñez y tiempo inmediato al parto; y se estimularían aquellas miserables a darles hijos útiles, si le prometiese la libertad siempre que pariesen un cierto número de ellos y los criasen hasta seis años. (...) Procurando así la conservación y reproducción de los negros, se lograría perpetuar su raza en las Américas»38. «Cuanto llevamos propuesto se ha dirigido solamente a indicar medios de minorar la mortandad de esclavos y hacer más soportable la triste condición de los que arrastran las cadenas. Todo esto se entiende en el caso que subsista tan ignominiosa esclavitud. Por lo demás, todos los gobiernos europeos deben apresurarse a quitar de sí el remordimiento de autorizarla, y a merecer el aprecio de los hombres sensibles, rompiendo de una vez y con un golpe de sabiduría y humanidad el hilo de tan enorme serie de injusticias como Europa ha cometido desde el descubrimiento de América3 (...) Es preciso pues dar por el pie a la esclavitud de los negros; es una obligación de los gobiernos el destruirla y un deber de los filósofos de reclamar con vehemencia su aniquilación, aunque de resultas de este golpe indispensable debiese Europa renunciar a un comercio, que no tiene más base que la injusticia, ni más objeto que el lujo. Pero no, no es preciso abandonar producciones que el hábito nos ha hecho tan queridas»
Enunció entonces, Isidoro de Antillón una serie de proposiciones.
«Podemos sacar [las producciones] del África, cuando la falta de esclavos precisase a Europa a desamparar las Antillas y algunos otros establecimientos de tierra firme».
«El África presenta una costa fértil, y que tanto por su clima como por su suelo rendiría agradecida los frutos y plantas que busca el lujo de Europa, algunos de los cuales produce naturalmente».
Tras evocar las riquezas del suelo y del subsuelo africano, afirmó:
«Todas las referidas circunstancias prueban la gran facilidad con que se podrían formar colonias florecientes en la costa de Angola, sacando de ellas las mismas producciones que de las Antillas. Ganarían en esta traslación nuestro comercio, y sobre todo nuestras manufacturas. Como allí son desconocidas las especies numéricas, seguiría todo haciéndose por cambios (...) con el mismo cargamento traeríamos, en vez de hombres, frutos de retorno. A medida que los europeos se fuesen multiplicando en estos nuevos establecimientos, llenarían el consumo de los objetos que suministra el comercio de Europa, y reemplazarían el déficit* que habría ocasionado la pérdida de las Antillas, a cuyas expensas se engrandecerían estas nuevas posesiones».
Antes de concluir, hizo hincapié en un problema crucial:
«(...) si conviene dar la libertad generalmente a todos los esclavos actuales, o si este gran beneficio debe reservarse para su descendencia. Parece que unos hombres no instruidos en el precio o buen uso que debe hacerse de la libertad, abusarán de ella para su misma ruina. Criados en la ignorancia y en la persuasión de que nada tienen que perder ni que esperar, considerando el trabajo como una consecuencia de la esclavitud, acaso después de conseguir la libertad se entregarían a la inacción o a la pereza, terminando su vida en el oprobio y en la miseria, o buscarían en el saqueo y en la muerte de los blancos un cebo a su codicia y una satisfacción sangrienta de sus pasadas humillaciones. El ejemplo demasiado reciente y demasiado horrible de lo sucedido en la colonia francesa de Santo Domingo hace más justos estos temores».
En consecuencia, Isidoro de Antillón propuso una abolición gradual y:
«(...) que se establezcan escuelas públicas donde sean instruidos los niños negros de ambos sexos, fijando en una época como a los 25 años la concesión de la libertad, y sirviendo entretanto a sus amos; y que cuando hubiese alcanzado la independencia, (...) se les señale un pequeño campo para que le cultiven».
«Por lo demás [acabó el autor] es imposible que sea útil a un hombre, y menos a una clase perpetua de hombres, el estar privados de los derechos naturales de la humanidad».
Los esfuerzos de Antillón no se limitaron a este elocuente discurso y su publicación. Pero conviene recordar que en los albores del siglo XIX, algunos países proclamaron la abolición de la esclavitud. Tras la rebelión de los esclavos de 1791, en Haití, se declaró la independencia de esa nación en 1804. En 1801, Toussaint Louverture ocupó Santo Domingo y proclamó la libertad de los esclavos. Inglaterra proclamó, en 1807, el Abolición Act de la Esclavitud, pero no produjo resultados inmediatos. En 1808, Estados Unidos prohibió la importación de esclavos. En 1810, México se unió a los países abolicionistas. En 1811, el Supremo Congreso Nacional de Chile publicó el Bando de libertad de vientres. Esas aboliciones hicieron además eco a las numerosas revueltas de los esclavos que paralizaban las colonias, así como a los movimientos independentistas.
En las Cortes de Cádiz, los diputados abolicionistas intentaron imponer esa voluntad de abolir la esclavitud, pero sin perjudicar los intereses de los propietarios. Pero, la propuesta de Alcocer y de Argüelles no prosperó. El debate en las Cortes finalizó con la nominación de una comisión, «para que propusiese el modo con que, aboliendo el comercio de esclavos, se remediase la falta de brazos útiles que ha de producir en América semejante abolición».
Dicha comisión, de la que el cubano Andrés Jáuregui fue miembro48, no presentó jamás proposición alguna sobre esta materia. Sin embargo, en dos ocasiones, los diputados aprobaron la proposición de dar libertad a esclavos. Primero, en la sesión del 10 de enero de 1812, a petición del presidente de Guatemala, se acordó dar libertad a 506 esclavos por su participación en las obras de fortificación de la plaza de Omoa. El diputado por la capitanía general de Guatemala, Larrazábal y Arrivillaga, añadió que «aquellos miserables negros han contribuido de donativo voluntario a la Península con 1 280 pesos fuertes».
Aprobóse entonces, unánimamente esta disposición, así como la exposición del alcalde de Guayana sobre acordar la libertad al esclavo Estebán Rodríguez.
Por su parte, Isidoro de Antillón y Marzo siguió actuando contra toda forma de esclavitud, tomando la pluma. Redactó en la Aurora Patriótica Mallorquína, dos artículos: «Influencia de la esclavitud en el carácter moral del hombre» y «El amor a la patria no se conoce en los pueblos esclavos” .
Como diputado, defendió con vehemencia proposiciones relacionadas aun indirectamente a esta materia. El 13 de agosto de 1813, los procuradores y ciudadanos de la provincia de Trujillo de Perú dirigieron a las Cortes una exposición pidiendo que fuera abolida la ley que «ordena la infamante pena de azotes y cárcel al indio que no asiste en su parroquia a la doctrina».
Pidió Antillón que se accediera a la demanda, y deseó saber si esa pena «es un defecto de la ley o meramente un abuso, a fin de que si no es una ley, no se marchite la gloria de la legislación española con suponer que una ley tan absurda ocupa un lugar en nuestros Códigos». Y añadió: «si la pena de azotes es degradante a los indios, no lo es menos, en mi concepto, en cuanto a los niños en las escuelas».
Entonces, el 15 de agosto, Antillón propuso que «desde luego se declare abolida la pena de azotes en toda la extensión de la Monarquía española, sustituyéndola por la condenación a presidios y obras públicas, pues no podía permitirse por más tiempo, que ciudadanos españoles sufran castigos tan degradantes y que han sido siempre símbolo de esclavitud».
El dictamen de la comisión nombrada para formular el decreto fue presentado el 5 de septiembre, y aprobado.
Los liberales abolicionistas españoles eran muy pocos en aquel entonces. A los ya mencionados tenemos que añadir a Manuel García Herreros, quien apoyó la proposición de Argüelles, y José Mejía Lequerica, diputado del virreinato de Santa Fe, quien se opuso al comercio de esclavos.
A pesar de todos sus esfuerzos, no llegaron, bien lo sabemos, a imponer la abolición de la esclavitud, en particular, a causa de las fuertes oposiciones de los propietarios cubanos. Eso se verifica perfectamente, en particular, en la Constitución de 1812, en el título I, capítulo II «De los Españoles» que define el concepto de ciudadanía española. Pero la lucha antiesclavista continúa, a la que se juntan, entre otros, José María Blanco White, desde Inglaterra, o el cubano fray Félix Varela, que desobedeció a las instrucciones de sus electores cubanos y defendió el fin inmediato de la trata de esclavos, proponiendo incluso un plan de abolición gradual. Aunque el Tratado de Viena constituyó una nueva etapa, habrá que esperar a 1873, con la proclamación de la Primera República española, para que se decrete la abolición de la esclavitud en Puerto Rico; y en Cuba, en 1886, por una Real Orden de la reina regente María Cristina.
En cuanto a Isidoro de Antillón y Marzo, en su Disertación sobre el origen de la esclavitud..., no sólo describe la larga y horrible historia de la esclavitud, sino que expone una serie de proposiciones concretas y razonables para mejorar las condiciones de vida de los negros en las colonias, con el objetivo de favorecer, al mismo tiempo, el enriquecimiento de los dueños, el desarrollo económico del país y la abolición de la esclavitud. De hecho, se sitúa en la vanguardia del movimiento antiesclavista español. Fue seguramente el «gran paladín del abolicionismo». Pero como lo señalaba él mismo, estas ideas de prohibición de la trata y de la abolición eran entonces una arriesgada novedad. Sin embargo, esta cuestión va a generar numerosos debates. Los políticos y los intelectuales del siglo XIX se enfrentaron a este tema espinoso.
Fue también Isidoro de Antillón valiente defensor de la formación intelectual de la mujer, otra cuestión palpitante. Se empeñó en defender los principios de ciudadanía y de soberanía nacional, criticando con vehemencia, no sólo a los bonapartistas españoles, sino, por ejemplo, el modo de proceder a la elección de los representantes de las Cortes. Se opuso a quienes proponían una anticipada disolución de las Cortes, dejando en su lugar a la Diputación General con el encargo de preparar una nueva elección de diputados.
Su voluntad de proteger la libertad de imprenta se nota tanto en las posiciones que defendió durante los debates de Cortes65, como en sus propios escritos y en las publicaciones que realizó de otros autores66, favoreciendo la propagación de las ideas más liberales y progresistas. De hecho, se vinculó a empresas periodísticas como el Semanario patriótico67\ el Tribuno del Pueblo Español, en Valencia; y la Aurora Patriótica Mallorquina que fundó y dirigió, en Palma.
Su importantísima obra literaria, geográfica, astronómica, matemática y, sobre todo jurídica, política y social es poco conocida69. No obstante, el ideario antilloniano queda todavía vigente. El estudio de la vida y en particular de los discursos y escritos patrióticos, pero siempre objetivos, de Antilón me incitan a pensar que era un liberal comprometido de tinte republicano. De hecho, Isidoro de Antillón y Marzo, a todas luces, es merecedor de una monografía, no sólo con el objetivo de conocer mejor a uno de los representantes de la élite española progresista, sino para contribuir a una profundización del estudio del pensamiento político y social español en los albores de la época contemporánea.
España, para manifestar su gratitud a este excepcional personaje, a su viuda y descendientes, les concedió un título nobiliario durante la década moderada, y dio su apellido a la calle madrileña en la que vivió.
Comentarios
Publicar un comentario